Leonardo González Galli Autor

Contar historias para transmitir ideas

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¿Te muestro estadísticas sobre temperaturas medias o te cuento la historia de una familia que lo perdió todo en una inundación?

En casi todo momento nosotros, los/as humanos/as, queremos comunicar algunas ideas. A veces porque, simplemente, nos parecen interesantes, otras porque buscamos algún efecto como, por ejemplo, cambiar ciertas ideas o actitudes de otras personas. En cualquier caso, existen distintos formatos para comunicar esas ideas, y no todos son igual de eficaces.

Resulta que una de las cosas que más placer nos produce, y que con más facilidad hacemos, es inventar y compartir historias, narraciones. En palabras de la escritora británica A. S. Byatt “la narración forma parte de la naturaleza humana, tanto como la respiración y la circulación de la sangre”. Así como los delfines son animales nadadores, nosotros somos animales productores y consumidores de historias. Otros formatos, como el lenguaje matemático, no se nos dan tan bien: nos cuestan más, y llegar a dominarlos y disfrutarlos requiere tiempo y esfuerzo. Tendemos a ver todas las entidades como agentes intencionales que tienen y persiguen ciertos fines. Además, tendemos a tejer historias en las que las intenciones de esos agentes se entrelazan en atrapantes tramas llenas de alianzas, intrigas, romances y traiciones. A veces, esas historias pretenden reflejar fielmente ciertos hechos, mientras que en otras ocasiones esas historias son deliberadamente ficcionales. Pero esta distinción no es clara, porque cuando pretendemos comunicar hechos llevamos a cabo una reconstrucción muy subjetiva de esos hechos. Y, en cualquier caso, las historias nos encantan, sin importar en qué medida reflejan hechos reales. Por eso, si queremos transmitir cierta idea sobre el cambio climático, o sobre cualquier otro asunto, una buena historia siempre será más efectiva que una montaña de datos.

¿Por qué somos productores y consumidores compulsivos/as de historias?

Aunque muchas personas aún se resistan a aceptarlo, nosotros/as, los/as humanos/as, somos producto del mismo proceso evolutivo que dio origen a todas las demás criaturas con que compartimos este planeta. Y como todas las demás especies, tenemos ciertas predisposiciones innatas que hacen que algunas cosas nos encanten (por ejemplo, los dulces) y otras no tanto (por ejemplo, las verduras amargas). En general, tenemos esas predisposiciones porque son ventajosas, es decir, porque los individuos que tuvieron la suerte de nacer con ellas disfrutaron de alguna ventaja frente a algún factor ambiental que reducía sus probabilidades de sobrevivir y reproducirse. Así, tenemos predisposición a que nos gusten los dulces porque el azúcar es el principal “combustible” para nuestro cuerpo, de modo que aquellos que nacieron con una tendencia a buscar y comer azúcar crecieron mejor y más sanos y, por la tanto, dejaron más hijos/as que heredaron esa tendencia. Lo que acabo de describir es el famoso proceso de selección natural, postulado por primera vez por Charles Darwin en 1859. Pero el gusto por los dulces no es la única predisposición que tenemos los humanos: ¡Las historias nos gustan tanto o más que los dulces!

Pero ¿Cuál sería la ventaja de estar todo el tiempo inventando y escuchando cuentos? Tal vez las principales ventajas sean dos. En primer lugar, las narraciones son fuente de valiosa información, en segundo lugar, funcionan como simuladores virtuales que nos permiten comprender mejor el mundo y a nosotros mismos/as. La supervivencia de un individuo de una especie altamente social como nosotros depende en gran medida de la capacidad de ese individuo para relacionarse con los demás y esto, a su vez, requiere disponer de cierta información. En ese sentido, escuchar las narraciones de los otros brindará al individuo mucha información sobre quiénes son confiables, con quiénes puede cooperar, etc. Disponer o no de estas informaciones puede ser la diferencia entre la vida y la muerte. Por otro lado, cuando el individuo escucha, por ejemplo, el relato de una arriesgada batalla contra una tribu rival, en un sentido bastante literal el oyente vive esa historia, se pone en la piel del protagonista, siente como él o como ella. Esto permite al oyente evaluar cómo se sentiría y actuaría en dichas circunstancias, y eso puede mejorar significativamente su desempeño en una situación de ese tipo en el futuro. Así, podemos aprender mucho sobre lo que implica participar en una batalla de un modo seguro, sin necesidad de participar en una batalla real. Y esto vale tanto si el relato era verídico como si era inventado. Así, relatar una batalla es como “correr una simulación” sobre la batalla. Lo dicho basta para mostrar el gran valor adaptativo que tiene producir y consumir historias.

Las historias son muy eficaces ¡cuidado con las historias!

Dado todo lo dicho, si tuviéramos que comunicar una idea a un público amplio ¿Nos convendría recurrir a las historias o a las matemáticas? ¡Adivinó querido/a lector/a! Recurrir a las matemáticas sería como intentar atraer un yaguareté con un plato de lechugas en vez de con carne: mejor contemos una buena historia. La historia de la familia que lo perdió todo en la inundación probablemente quede grabada en la memoria de los receptores por mucho tiempo. Y es probable que ese recuerdo facilite que esos receptores se interesen y preocupen por el cambio climático, la causa principal de esa desgracia. Pero, como toda herramienta poderosa, las historias tienen sus potenciales efectos negativos. El principal es que, justamente en virtud del gran impacto psicológico, el receptor podría quedar demasiado “pegado” a esa historia. Y esto podría ser un problema por varias razones, entre ellas que la historia muy probablemente implique una excesiva simplificación del asunto sobre el que versa. De hecho, esa simplicidad es una condición para su eficacia. Por eso, debemos elegir muy bien nuestra historia, y tal vez, después de todo, en algún momento sí sea necesario pasar a otro tipo de estrategias como el análisis de datos: tal vez el yaguareté tenga que aprender a comer lechuga después de todo. Pero, en cualquier caso, la historia nos habrá servido para generar la atención y el interés que luego podrá facilitar que el/la receptor/a esté dispuesto a hacer el esfuerzo que un abordaje más analítico demanda.

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